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BIOGRAFÍA, SEMBLANZA E HISTORIA MILITANTE. |
¿Conociste a Lucchesi, María Cristina?, si la conociste y quieres compartir tus recuerdos o cualquier otra información sobre ella, o si conoces las circunstancias de su asesinato o desaparición, por favor escribinos a ejrodmartin@yahoo.com.ar
Lucchesi, María Cristina
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MEMORIA MILITANTE
María Cristina Lucchesi convocaba opiniones unánimes. Aunque resulte reñida con una posición de género, todos los entrevistados coinciden en que María Cristina inició su militancia y se comprometió con la lucha por amor, por estar junto a Raúl; que llegó por arrastre, por acompañarlo. María Cristina contaba con muchas condiciones personales. Desde el punto de vista intelectual, destacan su inteligencia, su capacidad, mientras que desde el punto de vista de la calidad humana la describen como muy buena persona, muy leal a su compañero y solidaria. Tampoco le faltaban elementos en su formación teórica y política. No obstante, algunos dudan que ella hubiera elegido el camino de la militancia política por propia iniciativa. Esto no implicaba una subestimación de su praxis política sino un enaltecimiento de su amor por Raúl. En este sentido expresan que todo lo que hizo fue por él, porque quería seguirlo, porque quería estar junto a él, porque sabía que era la única forma de estar a su lado.
Cristina estudió en la escuela Normal de Villa Constitución. Inteligente, estudiosa y responsable obtuvo los méritos suficientes para ser becada durante sus estudios secundarios. Se graduó de maestra, ejerciendo la docencia en la escuela Sarmiento. Como militante trabajó, junto con Cristina Monterrubianesi, en la Campaña de Reactivación del Adulto para la Reconstrucción (CREAR). “Uno de los centros funcionó en el barrio San Miguel, en el Matadero cedido por la municipalidad para que todos los vecinos de Villa puedan ir a canalizar sus inquietudes, satisfacer sus deseos de aprender, de conocer su historia, su país, para comprender un poco el por qué de esta realidad, de esta sociedad injusta que los agobia y los relega. (…) Convocamos a los que sientan que tienen cosas que dar, que enseñar, para poder así, entre todos, llevar conciencia y cultura de pueblo al pueblo para poder afianzarnos cada vez más en este largo proceso por la liberación de nuestra patria. Es únicamente así que haremos verdad una de las consignas de CREAR: El pueblo educa al pueblo” [1]. También se desempeñó como periodista en “El Popular”, un periódico que apareció durante los años 74 y 75 en Villa Constitución y que respondía a la tendencia.
El 20 de marzo de 1975, la represión azotó al pueblo de Villa Constitución. Raúl fue perseguido y Cristina lo acompañó a Rosario. Vivieron juntos un tiempo, luego él se separó y formó una nueva pareja. Como medida de seguridad, Cristina tiñó de oscuro su cabello colorado. A fines de 1976 y principios de 1977, se produjo en Rosario una ofensiva de las fuerzas represivas. El 31 de diciembre de 1976, los operativos comenzaron aproximadamente a las 2,40 hs, cuando personal perteneciente a las fuerzas policiales allanaron una finca situada en la avenida Francia 3301, donde encontraron diversos materiales destinados a la fabricación de artefactos explosivos. Veinte minutos más tarde, se produjo un enfrentamiento en la calle España y 24 de Septiembre. Entre las 4 y las 5,30 hs convergieron fuerzas militares y policiales hacia la manzana comprendida entre bulevar Oroño, Santa Fe, Balcarce y Córdoba. El objetivo era un edificio de diez pisos situado en la calle Balcarce 742, a poca distancia de Santa Fe y a menos de una cuadra de la Jefatura de Policía y a dos del Comando II Cuerpo de Ejército. El edificio estaba conformado por plantas de cuatro departamentos, todos pequeños, de un ambiente y dependencias.
En el octavo piso, en uno de los departamentos que miraba hacia el oeste se encontraban Cristina Lucchesi (a) “Ana o Ada”, Osvaldo Antonio Lindner[2] (a) “Sergio”, Daniel Hugo Cambas (a) “Cachito”, Ana María Teresa Drago (a) “Vilma” y Claudia Omar (a) “Mari”. Alrededor de las 4,20 hs, los efectivos fijaron su mayor concentración de fuerzas sobre el bulevar y en las calles adyacentes comenzaron a ubicarse carros policiales y se cortó el tránsito a dos cuadras del lugar. La manzana fue rodeada, se evacuó un inmueble por bulevar Oroño y desde un jardín tomaron posición tiradores de las fuerzas de seguridad, comenzando un fuego graneado sobre el amplio ventanal del departamento. Los testigos aseveraban que de acuerdo a los estampidos se habría arrojado un proyectil de bazuca y sostenían que se escuchaba un nutrido fuego de fusiles FAL y, de vez en cuando, la apagada detonación de revólveres. Según una versión recogida por La Capital, durante el tiroteo, “A Cristian Horton lo habrían arrojado desde el octavo piso envuelto en un colchón para tratar de atenuar los efectos del golpe. El niño habría sido rescatado por los efectivos y hospitalizado de inmediato para salvar su vida”[3].
Tras unas horas de lucha, María Cristina, Ana María y Claudia se arrojaron desde el ventanal al vacío, estrellándose contra el pavimento y pereciendo en forma instantánea. La decisión de las mujeres fue interpretada por La Razón como el resultado de una crisis de nervios o la drástica medida de los compañeros de eliminar a quienes para ellos representaban un peligro, sea por la posesión de datos valiosos o porque bajo el estado emocional perturbaban a quienes aún mantenían el espíritu para seguir luchando.[4]
Después de que las tres mujeres resolvieran no entregarse vivas, sobrevino un periodo de calma. Después de más de dos horas de combate, la policía no había podido vencer la heroica resistencia de los dos militantes que continuaban combatiendo. Aproximadamente a las 8 hs, las fuerzas del ejército apostaron armamento de mayor potencia, incluso desde las terrazas de edificios cercanos y, alrededor de las 9 hs, se reanudó el fuego esta vez con el empleo de armas como la bazuca. Finalmente, Osvaldo y Daniel fueron abatidos. No obstante, las detonaciones seguían escuchándose en el departamento: los expertos en explosivos estaban anulando las trampas con bombas que los jóvenes habían dejado por doquier. El lugar fue un verdadero campo de batalla donde las sirenas y los megáfonos contribuyeron a conformar un clima de tenso dramatismo. Los ventanales quedaron totalmente destruidos, los muros del edificio a la altura del piso ocho fueron acribillados por algunas de las miles de balas que se dispararon. Aproximadamente a las 12 hs, frente al hall del edificio atracó una ambulancia y fueron cargados los cuerpos de, por lo menos, dos personas[5].
Los diarios nacionales La Nación y La Prensa solo repitieron textualmente, sin comentarios ni versiones, los comunicados del Comando II Cuerpo de Ejército, en los que se indicaba que siendo las 6.30 hs aproximadamente, las fuerzas represivas detectaron la presencia del grupo y “al intimarse su rendición, los ocupantes respondieron mediante disparos de armas de fuego y granadas de mano y expresiones verbales de adhesión a la banda de delincuentes autodenominados Montoneros. En estas circunstancias se pudo observar desde otro edificio que también había sido ocupado por las fuerzas legales, que tres femeninos eran arrojados al vacío desde el departamento ocupado por los delincuentes subversivos, una embarazada de cuatro meses”.
“De acuerdo a las informaciones posteriormente obtenidas se supo que, en oportunidad que las fuerzas policiales que intervinieron exhortaron a los ocupantes a entregarse, se produjo en el interior del departamento una disputa que culminó con el asesinato de las tres mujeres que fueron arrojadas al vacío desde un octavo piso”.
“La actitud de los delincuentes ante la reacción de las mujeres, que habrían apreciado no valía la pena resistir el accionar de las fuerzas legales, entendiéndolo como suicida por la inutilidad de la lucha que desarrollan, indica la adopción de comportamientos demenciales como consecuencia de la persecución a la que se encuentra sometida la subversión”.
“Hechos como estos ratifican una vez mas el desprecio de la delincuencia subversiva por la vida humana, aún la de aquellos que equivocadamente integran bandas y a quienes denominan “camaradas” o “compañeros” y la imposibilidad de libre elección, en este caso la vida, de los componentes de la banda que pasan a constituirse en verdaderos ‘prisioneros’ de la subversión, así como la falta de respeto por la mujer al considerarla carne de cañón para sus fines”[6].
Las mentiras expuestas por el comunicado del II Cuerpo de Ejército con el objetivo de desprestigiar a los militantes Montoneros fueron refutadas por el único sobreviviente del enfrentamiento, un niño que aún no había cumplido los seis años: Cristian Horton. A pesar de sus escasos cinco añitos, Cristian recuerda que ese fatídico 31 de diciembre era un día lluvioso y que el enfrentamiento se produjo al amanecer, aproximadamente a las seis de la mañana. Todo estaba en calma hasta que, de pronto escuchó fuertes ruidos, estruendos, gritos, un gran alboroto e insultos. Inmediatamente comenzaron los disparos. En el interior del departamento, la actividad era febril, armaban trincheras, levantaban los colchones, corrían los muebles. Todo era para cubrir la puerta de entrada al departamento. No había un solo resquicio que los resguardara del fuego cruzado, ya que las fuerzas represivas les disparaban desde el pasillo y desde un edificio lindante. Detrás de donde estaban atrincherados había una ventana, debían cuidarse también de las balas que penetraban por ella. Al niño lo colocaron junto a una pared, en el lugar menos peligroso. María Cristina se acercó a Cristian y le dijo que con Ana y Claudia, desde la ventana, salían a volar. Claudia, compañera de Raúl hasta que este murió el 27 de junio, estaba esperando un hijo suyo. Por eso, seguramente su embarazo era superior a los cuatro meses que afirmaba el ejército. Así, en ese “vuelo” Cristian perdió a su madre, a la compañera de su padre y a su futuro hermano. Tiempo antes, Cristina le habría dicho a su madre que a ella no la iban a torturar, que se suicidaría antes de que la capturen. Cristina estaba preparada para morir antes de que la atrapara la policía. Por eso, siempre andaba con las pastillas, pero no las habría utilizado porque tenía conocimiento que el ejército estaba equipado para efectuar terapias a los que se envenenaban con cianuro. Cumplieron con la consigna de la organización: no se entregaron vivos. Si se arrojaron por sus propios medios, si le pidieron a sus compañeros que las arrojaran o si fueron capturadas vivas y arrojadas por las fuerzas represivas, no importa, ellas están volando.
Mientras tanto, en el departamento los jóvenes continuaban resistiendo. La mano de uno de ellos sangraba y Cristian tenía heridas de esquirlas en el estómago, en la pierna y en el pecho. Desesperados, Daniel y Osvaldo pidieron a las fuerzas represivas un alto el fuego, comunicándoles que había una criatura herida. Se renovaron los insultos y, más tarde, retornó la calma. Los muchachos le aplicaron un vendaje a Cristian, le cubrieron el estómago con un trapo bien ajustado. Envuelto en una sábana, comenzó a bajar las escaleras atravesando una gruesa nube de pólvora hasta que una señora de los pisos inferiores lo hizo pasar a su departamento y lo metió debajo de la cama. Hubo otras versiones, que a Cristian lo bajaron por el ascensor y, una que alcanzó mucha difusión, que lo habían arrojado desde el octavo piso envuelto en un colchón. Esta versión rayana a lo épico habría sido inventada por las fuerzas de Agustín Feced, jefe de la policía de Rosario, para demostrar el desprecio de los “subversivos” por la vida humana. A los grupos guerrilleros, el ejército no solo los enfrentó militarmente, también lo hizo ideológicamente. Debían debilitar la moral y el ánimo del enemigo, aislarlo del conjunto del pueblo haciendolos aparecer como monstruos insensibles y perversos, no tenía que trascender ninguna acción que demostrara los valores que encarnaban estos jóvenes, que fortalecieran sus convicciones, su lucha, su espíritu revolucionario o que pudieran generar la solidaridad de la población. No bastaba con silenciar sus vidas, había que inventar para descalificarlas. No se podía combatir con convicciones aquello que se admiraba, había que convertirlo en algo despreciable.
Quizás, mas temprano que tarde, la vida coloque a las personas en el lugar que se merecen, las cosas se acomoden de acuerdo a lo que ellas fueron o hicieron. Raúl y María Cristina cumplieron fielmente la consigna montonera: “No entregarse vivo; resistir hasta escapar, o morir en el intento”. La cumplieron con valentía, con un heroísmo que las circunstancias confundieron con martirio. Su historia fue emblemática y representativa de una generación que tuvo ideales, sueños y que lucharon para que ellos se concretaran. Este es el objetivo que, espero, haya cumplido este trabajo, recordarlos para rescatarlos del olvido. Mientras alguien los recuerde, ellos no morirán, ni tampoco morirán sus sueños. Por eso, aunque ellas se arrojaron de un octavo piso no están muertas, ellas están volando. No descansarán porque están allí arriba, vigilándonos, controlándonos, dándonos aliento, esperanzadas en que otros retomen su utopía y construyan el mundo que ellos soñaron. Entonces sí, ellas podrán descansar.
Escrita por el Prof. Ernesto Jorge Rodríguez en base a Rodríguez, Ernesto. “Ellas están volando. Historia de vida, pasión y muerte de una pareja de militantes de la izquierda peronista en el marco del Villazo” en Rodríguez, Ernesto y Videla, Oscar (Comp.). El Villazo. La experiencia de una ciudad y su movimiento obrero. Tomo I, Villa Constitución, Revista de Historia Regional-Libros, 1999.
[1] El Popular, Año 1, Nº 2, 22 de setiembre al 2 de octubre de l974. pág. 4.
[2] El apellido también podría ser Lidner. En el comunicado del II Cuerpo de Ejército figuraba como Juan Pablo Arnolt, el cual era el apellido de los documentos apócrifos que portaba la familia de Daniel Trípodi y que generó inconvenientes para la identificación de Lidner.
[3] La Capital, Ibid.
[4] La Razón, 31 de diciembre de 1976.
[5] El mismo 31 de diciembre se produjo otro enfrentamiento a las 15,30 hs cuando las fuerzas policiales allanaron un edificio de la calle España 1331, piso 8, departamento 3, intimándose a salir a las personas que allí hubiera. Mario Luis Catena “Martín”, integrante del frente sindical de Montoneros, pretendió huir por una ventana haciendo fuego con un revolver sobre el personal policial, siendo abatido de inmediato. Su esposa, Estela María Baez, fue detenida Véase La Razón, 2 de enero de 1977.
[6] La Nación, 2 y 4 de enero de l977.